¡Malditos Populistas! La reaparición de un espectro

¡Malditos Populistas! La reaparición de un espectro
Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Evo Morales y Nicanor Duarte Frutos.

Por Camilo Gauto.

Adherentes como detractores lo nombran diariamente, está en boca de muchos, recorre los medios de comunicación, se apodera del lenguaje político actual, pero pocos se encargan de atraparlo y preguntarle: ¿de qué estás hecho, maldito espectro?

Luego de la caída del muro de Berlín, algunos teóricos liberales habían proclamado “el fin de la historia”, anunciando la buena nueva del mercado mundial. Los proyectos de liberación y emancipación mundial habían visto derrumbarse frente a sus ojos ese imaginario colectivo que soñaba con un mundo sin explotación, donde la sociedad entera debía ser quien encaminara su destino y no un puñado de técnicos, empresarios y sus amigos los políticos. McDonald’s y Hollywood invadían todos los países del mundo, había carnaval de consumo, Coca-Cola para todos y mucho beneficio para las clases dominantes.

Pero no todo era felicidad, detrás de esa nueva cortina comercial y consumista que emborrachó a la sociedad, el “nuevo orden mundial” no había podido resolver los problemas sociales más importantes como el hambre, la miseria, las guerras, la desigualdad y el analfabetismo, sino todo lo contrario, la noche larga se hizo visible y mostró su rostro más perverso de la mano de procesos de desregularización de la economía, privatización de los recursos, recortes en los gastos sociales y una creciente represión.

Una situación de desolación y miseria provocada

América Latina primero fue la que se encontró frente a un escenario desolador, donde la desesperanza y la falta de empleo empezaban a elevar la temperatura política no específicamente en los parlamentos, sino en las calles y los barrios populares. También la clase media empezaba a sentir el pánico. El menemismo en Argentina era una muestra clara de los tiempos de desafección que vivían las poblaciones latinoamericanas, a las clases populares solo les quedaba la rabia, el descontento y la movilización; mientras que en Palermo y los barrios de las clases altas en toda la región brindaban con champagne por el “éxito” de la nueva época.

En eso llegó el “¡Que se vayan todos!” argentino, la guerra del gas y el agua en Bolivia, paquetazos, inflación, tarifazos, endeudamiento y, por supuesto, represión en toda la región. Los partidos tradicionales tenían serias dificultades para contener sus bases político-electorales frente a la crisis, el juego estaba abierto para nuevas fórmulas políticas; es lo que conocemos como “crisis orgánica”.

No solamente Latinoamérica había sido golpeada por la miseria y la pobreza, en el 2007 la crisis mundial del capitalismo desató una serie de problemas económicos y políticos en EEUU y Europa que tendría consecuencias catastróficas en la sociedad. Países que fueron conocidos por contar con Estados de Bienestar que “protegían” a las poblaciones se veían desmantelados en pocos años debido a las políticas de ajuste que las clases dominantes aplicaron sobre la población con ingresos más bajos. Grecia, España, Portugal, Irlanda e Italia fueron los más afectados en la Eurozona; altos índices de desempleo, precarización, desahucios, recortes en sanidad y educación fue la respuesta mágica de gobiernos que hacían pagar los platos rotos a quienes ni siquiera participaron del banquete de ostentación europeo.

Retrotrayéndonos un poco, en 1999 la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela  descoloca a las clases dominantes en toda la región. Lula, Néstor Kirchner, Evo Morales llegaban al gobierno de la mano de proyectos progresistas que iban a sacar de la pobreza a millones de personas. “El fin de la historia” había quedado como una muestra de un relato sin sustento real, no era más que un panfleto para confundir a los pueblos.

Nicanor Duarte Frutos, durante su asunción al mando en el 2003, en compañía de Hugo Chávez.

Nicanor Duarte Frutos, durante su asunción al mando en el 2003, en compañía de Hugo Chávez.

Señales de un sistema que funciona para unos pocos y excluye a los muchos

Cuando hablamos de la crisis mundial del capitalismo que inició en 2007, debemos decir que esta crisis económica, social y política parte de un plan, de un proyecto, de una idea dominante; ya que la situación había perjudicado a los más desposeídos, sin embargo, había acrecentado las fortunas de unos pocos. Esta tendencia, conocida como “concentración de la riqueza” ha sido ampliamente estudiada por diversos teóricos a nivel mundial (Chomsky, Piketty, Navarro, Harvey, entre otros), quienes evidenciaron con datos, estadísticas y solidez metodológica cómo nuestras sociedades e instituciones estaban diseñadas para enriquecer a las clases dominantes. Esto es lo que Harvey denominó “acumulación por desposesión”.

En varios países del mundo se evidenció una situación política que es conocida como “secuestro de la democracia”, cuyas características fundamentales nos demuestran que las instituciones democráticas y republicanas de las países occidentales funcionaban en la medida y al son de lo que dictan los poderes fácticos. La democracia quedaba así al servicio del lucro, los negocios y la renta del capital, ya no sirve para el interés general. El ideal democrático inaugurado en la Revolución Francesa se convirtió en una democracia formal, procedimental, de fachada, que no incorporaba las necesidades de las poblaciones, sino que genera exclusión y no integra al sistema democrático y político a varios sectores sociales.

Hay un procedimiento engañoso establecido en las Constituciones Nacionales que solo es enunciativo y papel mojado. Los derechos sociales y los intereses generales de la población quedan marginados del sistema político, no se incluyen las demandas de la gente, se los desoye e ignora. Para colmo, este sistema político no solamente excluye, sino que reprime cotidianamente, roba los sueños a la gente común y corriente. Todo esto produce un descreimiento y una desafección ciudadana hacia el sistema democrático.

El capitalismo en su fase actual, llamada “neoliberalismo”, fracasó. No hay sino rabia, descontento, resignación, miedo e incertidumbre. La gente ya no cree en lo establecido, las instituciones democráticas le dieron la espalda.

El populismo como bandera de los excluidos y desesperanzados

El italiano más famoso en los círculos intelectuales que está dando de qué hablar, Gramsci, desde una celda del régimen fascista, nos decía: “en ciertos momentos de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales […]. En cada país el proceso es diferente, aunque el contenido es el mismo: la crisis de hegemonía de la clase dirigente.” Durante estos procesos de desafección, que vimos en Latinoamérica y Europa principalmente, la política ya no se encuentra en las instituciones y partidos tradicionales, sino que anda arrojada por las calles y en el descontento de las clases populares principalmente. Al no integrarse sus necesidades al sistema, al excluirlos de una sociedad que sólo beneficia a unos pocos, se abre la brecha o la posibilidad por donde transita eso que dicen que se llama “populismo”.

Nicanor Duarte Frutos e Luiz Inácio Lula da Silva, durante la asunción al cargo del primero.

Nicanor Duarte Frutos y Luiz Inácio Lula da Silva, durante la asunción al cargo del primero.

Varios autores se encargaron de teorizar ese espectro llamado “populismo”, los más conocidos, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, intelectuales orgánicos del proyecto político conocido como “kirchnerismo” en la Argentina. Así también diversos autores desde las ciencias sociales han elevado la voz para explicar este fenómeno: Iñigo Errejón, Loris Zanatta, Germán Cano, Jorge Alemán, Benjamín Arditi, Juan Carlos Monedero, Francisco Panizza, Enrique Dussel, Chantal Delsol, José Luis Villacañas, Jan-Werner Müller y una decena de autores más que desde distintas perspectivas y preferencias políticas invocan a ese fenómeno que ha sustituido sin lugar a dudas al “cuco del comunismo” de décadas anteriores.

Por ahora solo vamos a utilizar a Laclau y Arditi para darle un contorno al “populismo”. Lo que es conocido como “demanda” es la categoría primera del fenómeno populista, esto es realizado por un “sujeto democrático”, cuya particularidad puede consistir en educación gratuita, suba de salario, #NiUnaMenos o cualquier otra “demanda” que provenga de la población. Cuando se cumple esta, el sistema político la integra y todo funciona “bien”. En el caso contrario, cuando es insatisfecha, se convierte en una negatividad hacia el orden establecido que, en la medida en que genera exclusión de las instituciones, permite a distintas “demandas insatisfechas” que se encadenen en torno a una “sujeto popular”. Lógicamente esto no se produce por arte de magia, sino mediante un ejercicio de nombrar a las cosas, de identificarse con “algo o alguien” y de que las “demandas” sean representadas.

Es necesario para constituir un “sujeto popular”, dividir lo social en dos campos que, por ejemplo, pueden ser: el poder y los de abajo, el pueblo y la oligarquía. Esa separación o “dicotomización” del espacio social permite identificar a los excluidos con un “nosotros” frente a un “ellos” que excluye. Por eso dice Laclau que “no hay populismo sin una construcción discursiva del enemigo”. Para que este escenario se construya debe haber un elemento que otorgue coherencia a esas cadenas (demandas insatisfechas entrelazadas) para significarlas como totalidad, a esto Laclau llama “significante vacío”.

Esa construcción de lo popular mediante el “significante vacío” pueden ser palabras como democracia, pueblo, comunidad organizada, etc. Pero llega un punto en que esa función de homogeneizar lo que es diferente, de unificar las demandas en torno a una imagen compartida, es llevada adelante por un nombre propio que cobra vida: la imagen o lo que representa el “líder”, donde se ven “reflejados” esos deseos que andan sueltos en las mayorías sociales excluidas. Fue el caso de Evo Morales, Hugo Chávez, pero también Donald Trump y Marine Le Pen. Por eso nunca el “momento o situación populista” tiene un destino claro, depende de la lucha política por la hegemonía. Puede ser apropiado por derecha o por izquierda, puede generar inclusión social o también represión y exclusión (como el caso de los afroamericanos e inmigrantes).

Es por esto que esa constitución de lo político hay que tomarla muy en serio. Toda ruptura “populista” que proviene de una crisis orgánica, de guerras, confusiones, puede generar fenómenos que cuestionen el orden institucional, mediante la construcción de un pueblo como agente histórico. Siguiendo con Arditi, para él lo que es populismo “surge cuando hay una crisis de representación, es una respuesta a la incapacidad o negativa de las élites para responder a las demandas del pueblo”. Entre los elementos fundamentales que lo constituyen cita a: la invocación del pueblo, crítica a las élites y la corrupción, el imaginario participativo, el papel de los líderes políticos fuertes.

Cuando habla de espectro, Arditi advierte acerca de dos posibilidades que lleva consigo el fenómeno populista: el acompañamiento o el peligro. Según dice “el populismo puede florecer como un compañero de ruta de movimientos de reforma democráticos y también puede poner en riesgo la democracia.” Si bien es cierto que otras fórmulas políticas pueden poner en riesgo la “democracia”, cuando los pueblos toman la bandera del populismo es lógico que habrá conflicto, ya que los poderes ven con recelo sus intereses; pero vale recordar que cuando la democracia está  secuestrada por las élites no podemos hablar de democracia porque las estructuras económicas y sociales están al servicio de unos pocos.

Marine Le Pen, de la ultraderecha, aspirante a la presidencia en Francia, y Jean Luc Mélenchon, de izquierda, quien quedó en la cuarta posición en la primera vuelta de las elecciones, el pasado 23 de abril.

Marine Le Pen, de la ultraderecha, aspirante a la presidencia en Francia, y Jean Luc Mélenchon, de izquierda, quien quedó en la cuarta posición en la primera vuelta de las elecciones, el pasado 23 de abril.

Es innegable la actualidad del fenómeno populista, lo pudimos ver durante los gobiernos progresistas de América Latina, pero también esa ola llegó a Europa y EEUU de la mano de candidatos tan dispares como Trump y Sanders, Melenchón y Le Pen, la hipótesis Podemos en España y algunos otros proyectos menos mediáticos, en nuestro país Fernando Lugo (en el 2008, no tanto ahora) y Nicanor Duarte Frutos tomaron nota del populismo, entendieron la situación. Y decimos reaparición del populismo porque, quién otro como Juan Domingo Perón, allá por 1945, habría causado estragos en propios y extraños cuando arengaba a los trabajadores argentinos.

Podemos decir por todo lo expuesto anteriormente que el populismo es noticia, es teoría, es política, implica riesgos, conquistas, inclusiones, disputas por el poder, es un espejo de la democracia, un espectro para algunos, un compañero de ruta para otros; pero algo es innegable, mientras haya crisis y exclusión habrá “maldito populismo” para rato.

Bibliografía:

–          “El populismo como periferia interna de la política democrática”. Benjamín Arditi, La política en los bordes del liberalismo: diferencia, populismo, revolución, emancipación, Gedisa, Barcelona, 2010, pp. 121-158 (cap. 5)

–          “Populismo ¿Qué nos dice el nombre?”, Ernesto Laclau. El populismo como espejo de la democracia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009, pp. 51-70 (cap. 1)

 

Escrito por
Periódico hecho por estudiantes de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Asunción.

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