España: La rebelión de los partidos

España: La rebelión de los partidos
Foto: Diario La República de Ecuador.

Por Eduardo Tamayo Belda

A partir de mayo de 2011, España vive un proceso de efervescencia política que en 2015 se tradujo en un cambio real en el sistema de partidos nacional (pasando de 2,3 a 4,1en el índice de Número Efectivo de Partidos). Desde entonces, el país se debate en las calles y en las redes, y se ha batido en las urnas en dos ocasiones (20 de diciembre de 2015 y 26 de junio de 2016): de toda esa efervescencia y cambio político, la resultante es la incapacidad del sistema de articular un Gobierno capaz de alcanzar una mayoría cualificada para la investidura de un Presidente (ni hablar ya de un Gobierno con la mayoría suficiente para gobernar de forma efectiva durante los próximos cuatro años).

La crisis económica de 2008 revelara la incapacidad de los partidos tradicionales (y también de los sindicatos históricos) para responder a las necesidades y demandas de la gente (unos partidos tradicionales —PP y PSOE— que además están sumidos en numerosos y mayúsculos escándalos de corrupción y financiación ilegal), la movilización popular fue in crescendo, hasta encontrarse consigo misma en una plaza madrileña, allá por el 15 de mayo de 2011. Las protestas y movilizaciones se multiplicaron, y a la gran movilización permanente de los indignados de la Puerta del Sol en Madrid (que contó con la presencia continua de decenas de miles de españoles y españolas de todos los puntos del país, que iban y venían de la plaza a los barrios y a los albergues, y de los barrios y albergues a la plaza, cada día, mientras miles la mantenían ocupada por las noches) se sumaron al instante importantes réplicas en Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, A Coruña, y en casi todas las ciudades españolas.

Desde entonces, todo empezó a cambiar en la política española (sobre todo desde que aquel movimiento heterogéneo y aparentemente desarticulado políticamente canalizó gran parte de sus demandas a través de un movimiento-partido de carácter instrumental, de nombre Podemos, que nacía a comienzos de 2014 con el reto de “asaltar los cielos” de la política española, y recuperar el papel que la ciudadanía había perdido en la política desde el fin de la Transición en España). Pero los partidos tradicionales no supieron o no quisieron verlo, y aún hoy no entienden qué pasó, razón por la cual no saben qué hacer, siendo ésta una de las razones que impide la formación de un Gobierno en el país.

En la arena política nacional surgieron dos importantes nuevos actores: por una parte, Podemos —hoy Unidos Podemos—, cuyas diferentes familias ideológicas convergen en torno a un socialismo amplio (socialdemocracia y eurocomunismo), a lo que añaden entre sus objetivos la regeneración política y la lucha contra la corrupción, la privatización y el acatamiento sin reserva de las políticas de austeridad forzadas desde la Unión Europea (particularmente desde Alemania); del otro lado, el partido Ciudadanos, un partido de ideología liberal-conservadora con discurso de regeneración política y combate de la corrupción, pero mayoritariamente de defensa de los privilegios e intereses de los sectores privados (la banca privada —en gran parte rescatada en España con dinero público en estos últimos años—, las grandes multinacionales, y las empresas de sectores estratégicos como el de energía o el hidrológico, con importante participación e intereses privados entremezclados con la intervención pública), a lo que se añade el rechazo de las políticas de corte social propuestas por los distintos grupos que conforman Unidos Podemos (tendentes a la asistencia y a la recuperación de los sectores sociales con medio y bajo acceso a renta, sobre todo de los más afectados por la crisis).

El panorama político español, sin embargo, ha acabado desgastando propuestas, programas, candidatos, y todo lo que se ha puesto por medio, cuando, después de dos elecciones generales en seis meses, el país aún no tiene Gobierno. Podrían incluso llegar a ser necesarias unas terceras elecciones, aunque no es la opción más probable.

Y no lo es porque, si la tendencia se confirma, el PSOE acabará facilitando —vía abstención parlamentaria— la formación de un Gobierno del Partido Popular, con Mariano Rajoy a la cabeza. Un partido que estos días está siendo salpicado —como en tantas otras ocasiones— por increíbles escándalos de corrupción pero que, con la ayuda del PSOE, volvería a gobernar en España (difícil será que esta legislatura alcance los cuatro años máximos de duración que marca la ley).

Pero lo más notorio de este momento en España es la crisis de ese PSOE, un PSOE que por primera vez había elegido a su candidato (Pedro Sánchez) con una consulta democrática a sus bases militantes y que, también por primera vez, ha utilizado una serie de argucias para, amparándose en los estatutos del partido, socavar el poder de su Secretario General y forzarle a dimitir, siendo el partido controlado (a la espera de primarias) por una comisión gestora interna.

Lo más delicado del hecho es que el PSOE (el partido clave en el período democrático de España), se encuentra en estos momentos inmerso en una crisis como nunca antes había vivido, con dos bandos internos claramente enfrentados en sus posturas: de un lado, quienes apoyan la idea de facilitar ahora —a finales de octubre— un Gobierno de la derecha, y tratar después de reorganizar el partido, postura liderada por la andaluza Susana Díaz (cuya gestión en Andalucía también estuvo en los últimos años salpicada por vergonzantes casos de corrupción); del otro, y sin un liderazgo claro en estos momentos, quienes consideran que en ningún caso deben permitir, ya sea por acción o por inacción, un Gobierno del Partido Popular y de Mariano Rajoy, y apuntan a explorar la opción de un Gobierno alternativo, de cambio y progresista, junto con Unidos Podemos y otras fuerzas políticas regionales, algunas de ellas independentistas (cuya responsabilidad política será requerida si España quiere evitar el Gobierno de un partido con más casos de corrupción por año de los que se pueden contar con los dedos de las manos).

En estas circunstancias, sólo quedan dos opciones, y en ambas todo pasa por la voluntad del PSOE: o un último intento en este segundo round electoral de configuración de un Gobierno de centro-izquierda, progresista, rupturista con las políticas llevadas a cabo por el Partido Popular en su legislatura 2011-2015 (y por el final de la segunda legislatura del anterior presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, del PSOE), o el país volverá a tener que acudir a las urnas algún domingo de finales de año. Según los cálculos, ese día podría ser el día 25 de diciembre, lo que daría verdadero y definitivo valor al célebre dicho de: “elecciones, la fiesta de la democracia”. Votar un día de Navidad podría ser el cierre más increíble jamás imaginado por ningún politólogo para cerrar la campaña más larga de la historia política española. Aunque probablemente no se den esas elecciones, y de darse, la escasa sensatez que quede en la clase política tradicional y en la nueva facilitaría un adelanto de las mismas.

De la decisión del PSOE (que no será, por supuesto, tomada por sus bases, sino por sus actuales dirigentes, incluidos los golpistas contra Sánchez) dependerá no sólo el signo político del próximo Gobierno en España, sino también el camino tomado por centenares de miles de españoles que presenciarán atónitos cómo su voto al PSOE, que siempre aseguró públicamente que bajo ningún concepto facilitaría un gobierno del PP (famoso es el “no es no” de Pedro Sánchez), va directo a la saca de las abstenciones, facilitando con ello que el gobierno con más casos de corrupción de la historia de la democracia española vuelva a gobernar. De darse, como todo apunta, esa acción del PSOE, las consecuencias son difíciles de analizar, pero muy probablemente se generará un amplio descontento que probablemente lleve a muchos votantes del PSOE a desencantarse definitivamente del hechizo socialista, que ya no es tal, y a buscar opciones más fiables e ideológicamente más afines, hacia la izquierda (probablemente a Unidos Podemos), o se decidirán por la abstención. Algunos habrá, incluso, que acaben por convencerse de que hacía tiempo ya que no eran socialistas a pesar de las siglas, y opten por partidos de la derecha del espectro político español. Pero muchos, en todo caso, seguirán votando PSOE una y otra vez a pesar de que haya demostrado correr por los pasillos del Congreso como un pollo sin cabeza. La respuesta es psicosocial: gran parte de los votantes al PSOE de este año son personas que han votado casi indefectiblemente al PSOE durante lustros, votar ahora a otros sería como reconocer un fracaso propio en la vida, y a veces el amor propio pesa más que la sensatez y la coherencia política.

Y dicho todo lo anterior, no conviene olvidar, además, que la apuesta seria de parte de la sociedad catalana por el secesionismo político del Estado español constituye hoy uno de los puntos clave del debate nacional, ante el cual se genera un diálogo transversal (no ideológico) muy complejo, en el que —hasta ahora— tres de las cuatro grandes fuerzas político-partidarias (PP, PSOE y C’s) se muestran intransigentes a cualquier tipo de debate o discusión al respecto, sin aportar ninguna solución a un problema que es real, que está ahí, y que no se va a solucionar mirando a un lado (como mucho se postergará y, si la cosa se calma, tan sólo sería temporalmente, pues es seguro que volvería a resurgir —quizá con más fuerza— en otro momento de crisis económica y política como el que actualmente atraviesa España). En este sentido, tan sólo Unidos Podemos tiene una postura divergente del “no incondicional y sin debate democrático” (UP, que casualmente ha demostrado suficiente “capacidad de seducción” —en uso de su propio lenguaje— a la ciudadanía en los tres polos regionales principales de España, Madrid-Cataluña-Euskadi). La propuesta de UP sería tendente a abrirse a otras posibilidades de articulación futura del Estado español en términos diferentes a los actuales, que podría pasar incluso por repensar España en términos federales, algo que, sin duda, marcaría el inicio de un período político nuevo, y que llevaría muchos años articular jurídica y democráticamente.

En 1930, el filósofo español José Ortega y Gasset, escribía: “Sin un poder espiritual, sin alguien que mande, y en la medida que ello falte, reina en la humanidad el caos; y parejamente, todo desplazamiento del poder, todo cambio de imperantes, es a la vez un cambio de opiniones y, consecuentemente, nada menos que un cambio de gravitación histórica”. Hoy, sin confianza plena en esa apoyatura cuasiespiritual que es la Constitución de una nación (por la prostitución del texto en los últimos años, si no décadas, por parte de algunos gobiernos españoles), y sin la falsa pero reconfortante tranquilidad que proporciona el bipartidismo (extinto en España desde 2015), los partidos políticos debaten y negocian en el caos, en un agujero de gusano del que puede salir la solución o el desastre, que puede ser el impulso definitivo para algunos partidos, proyectándolos hacia décadas de presencia parlamentaria, pero que también puede significar su decadencia definitiva. De ahí sus reservas, sus miedos, sus filias y sus fobias.

Los partidos españoles siguen pensando hoy en términos de bipartidismo, olvidando que ya no habitan esos fangos, y que la política multipartidista requiere de estrategias y responsabilidades distintas, pero sin olvidar que no vale todo, que cualquier Gobierno no es mejor que nada, porque un mal Gobierno —en este momento capital de la historia democrática española— puede significar el fin de mucho más que una mala y corta legislatura en España.

Y ante esos temores de vientos de cambio estructural y ante el miedo a peores resultados en unas hipotéticas terceras elecciones, los partidos se rebelan contra las masas, y las cuestionan una y otra vez desde sus sillones del Congreso, porque lo que está en juego es, precisamente como señalaba Ortega, “nada menos que un cambio de gravitación histórica”, y los partidos no sólo se juegan el Gobierno, sino su propia credibilidad y perdurabilidad históricas, y acaso la propia España tal y como la conocemos.

Las opiniones publicadas son propias del autor y no representan la posición del Periódico El Independiente.

Escrito por
Periódico hecho por estudiantes de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Asunción.

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