La campaña para el 2018 y la teoría del discurso (I)

La campaña para el 2018 y la teoría del discurso (I)

Por José Bueno Villafañe

Falto de toda imaginación, y más allá de la gran cantidad de sucesos para conversar, me referiré en esta serie de artículos a un tema que despertó mi curiosidad. Hace mucho que vengo pensándolo, pero sin el –intento de- soporte teórico estructurado que vengo armando hace un par de semanas.

En un bar, con amigos, (las grandes ideas de los pequeños burgueses nacen así) conversábamos sobre temas de tesis. Entusiasmado, expuse mi idea a una ex profesora, quien muy amablemente dio el siguiente punto de vista: “esa investigación te tomará demasiado tiempo. ¿Por qué no intentás acortar el tema, tomando sólo la parte discursiva?”

Quienes me conocen saben que cuando bebo, es posible que les hable de mis temas preferidos: filosofía, política y fútbol. Además, tengo la irritante costumbre de citar a los mismos autores una y otra vez: a Zizek, Gramsci, Marx, Feinmann y, como novedad, al argentino Darío Sztajnszrajber. Más allá de sus diferencias, uno de sus puntos en común es el análisis del discurso, ya sea en la forma como en el contenido. Este interés podría resumirse en la frase: “las palabras no son simples palabras”, pues ellas, agrupadas en un orden que les da determinado sentido y reproducidas a través de los medios adecuados, generan ideas que decantan en una ética, luego un pensamiento, luego una costumbre. Finalmente, en un sentido común.

Según los textos que consulté, la teoría del discurso, entendida como tal, es bastante reciente: su origen data de los inicios del Siglo XX. Más ligada a la lingüística, la epistemología y el sicoanálisis, Antonio Gramsci apuntó a la aplicación de la semántica y la sintaxis como estructurantes de una ideología de poder. Foucault se concentró más aún en ello, relacionando directamente al poder con el lenguaje del poderoso. En la cultura, Bourdieu introdujo el concepto de “arbitrarios culturales”: el significante del buen gusto tiene el significado que le atribuyen los artistas de élite, soportados por las élites económicas.

¿Y las élites políticas? Nuestro maestro italiano identificó la importancia de una construcción intelectual con el objeto de establecer una hegemonía. No se bastan solo los palos y las balas para sostener un orden por largo tiempo. Fundamental resultan el consenso y el sentido común establecido. Tienen haber cosas sobre las que no se discuten. Solo deben hacerse. Si, desgraciadamente, tú no las haces – aunque sólo porque no puedas -, no formas parte de esta sociedad.

En otros artículos, hablé de una de las dialécticas más contemporáneas, estimulado por la campaña presidencial estadounidense que ganó el magnate Donald Trump. ¿El nuevo debate político se presenta como un significante vacío, donde la ofensa reemplaza a la idea? ¿O, por si acaso, es el nuevo significado político, la nueva forma y fondo de la política, la ofensa, el ninguneo?

¿Se cagan todos en la política? Es una pregunta hecha por Zizek a un periodista. ¿Hay mucha diferencia entre lo que hace Trump con lo que hacen Putin, Erdogan, Kim y otros?

El discurso político, en muchos países, reniega del contenido filosófico, ideológico y estadista. De filosofía, quizás, sí se habla. Pero la hegemonía del fin de la historia fukuyamaísta y del poder financiero, nos quieren convencer de que vivimos en una época pos-ideológica, pos-estadismo, donde lo que se hace es gestión de recursos y acuerdos entre partes. Como si de una empresa se tratara.

Estoy terminando este artículo. ¿Cómo?, se preguntará.“Si aún no habló de la campaña pre-presidencial en Paraguay, que apunta al 2018. ¿Me está tomando el pelo este articulista?” No, querido lector. La relación entre todo lo que dije y el título está en la siguiente afirmación y las preguntas que le siguen:

Guzmán Ibarra, politólogo paraguayo, afirmó que la ausencia de debate en estas elecciones internas y simultáneas se debe, en parte, a que no hay mayores diferencias ideológicas entre los candidatos. Salvo cuestiones como la reelección, no existe un contenido que se aparte de la línea derecha del espectro político (esta es ya una afirmación mía) ¿Cómo identificamos esta ausencia de diferencias ideológicas, con las herramientas teóricas del análisis del discurso? ¿Es esta falta de ideas un vaciamiento del contenido, acorde a las tendencias mundiales señaladas?

Se lo dejo como tarea, para la siguiente semana, en la que este artículo continuará.

Escrito por
Periódico hecho por estudiantes de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Asunción.

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