Una visión del mundo

Una visión del mundo
"Somos muchos, muchos más", slogan de la campaña contra lo que denominan "ideología de género". Foto: Facebook.

Opinión. Por José Bueno Villafañe.

Lo que hacen los que se autodenominan “profamilia” no es nuevo. Cuando un individuo o un grupo social coloca el prefijo “pro” frente a lo que sea que pretende defender, le está diciendo al resto que son lo contrario. Colocan al otro individuo o grupo social justamente como eso, como un “otro” inaccesible.

Digo que esto no es nuevo porque, así como lo menciona Darío Sztajnszrajber en su programa “Mentira la Verdad”, esta crítica de estar “contra la familia” ya fue hecha al comunismo, el gran cuco nocturno de la modernidad.

Reflexionando sobre esto, Sztajnszrajber cita a Karl Marx, quien dice contundentemente: “el obrero no tiene familia”. Todo ese ideal, transmitido por la moral burguesa de lo que es una relación familiar, choca contra la realidad de quien trabaja todo el día, apenas ve a su esposa, a sus hijos y, cuando los ve, está demasiado cansado como para disfrutar plenamente de ellos. Es la propia realidad, marcada por el sistema de producción capitalista, la que impide la realización de ese ideal: que todos puedan hacer vida de familia.

Paraguay no está compuesto por muchos de estos obreros de los que hablaba Marx. Gran parte de la población se dedica al cuenta-propismo, a la prestación de servicios y, en general, a emprender cualquier actividad comercial con la que se dé la  economía de a pasos: vivir –y sobrevivir– el día a día. Esta situación, que representa mayor apuro y ningún tipo de protección social, se traduce en una mayor incertidumbre y desesperación, combatida muchas veces con alcohol y fútbol.

La propia historia paraguaya es rica en contarnos realidades. Dos de ellas, por ejemplo, deben ser interpretadas con cuidado: la primera es la prevalencia de la así llamada “familia nuclear” –papá, mamá y/o hijos– y la “familia extendida” –estos miembros más los tíos, abuelos, primos, etc. La segunda realidad son las pruebas contundentes sobre la mejor administración del hogar en manos de mujeres/jefas de familia. No deja de ser llamativa esta capacidad en quienes siempre fueron minimizadas, salvo en fechas especiales, en las que se cantan loas a la kuña guapa, traducibles en casi ningún beneficio social o político.

¿Por qué los que se autodenominan profamilia excluyen otros modelos de familia que existen -quizás- con mucha más regularidad de la que las estadí­sticas demuestran?

Volviendo a la primera realidad, la hegemonía de la familia nuclear, según datos comparativos, tuvo un cambio en cuanto a su extensión: si antes las personas tenían dos hijos, ahora solo tienen uno. Además, las familias extendidas se han mantenido como las segundas en prevalencia, agregando una persona más en el periodo entre censos. El aumento/descenso de una persona parece insignificante, pero si se tiene en cuenta otros factores como los cambios demográficos, el boom  del agro, la diversidad de actividades presentes y un crecimiento poblacional sostenido –al que se le tiene que descontar, en algún caso, la migración– no tenemos demasiada gente a la que le alcanzó/alcanza ese boom agro. Sí son muchas las que, por razones económicas, deciden hacer dos cosas que parecen opuestas: tener una familia menor (menos hijos que cuidar/alimentar) o agrandar la familia extendida (gastos repartidos entre más personas).

La dinámica de lo demográfico/objetivo con lo cultural/subjetivo (pares que, a su vez, son bastante flexibles) es siempre interesante, sobre todo por las contradicciones que puede exhibir: los varones paraguayos cantamos a nuestras madres largas serenatas, pero a su vez, la dignidad diaria y los derechos de la mujer son pisoteados sin contemplación. Nos consideramos prácticos, calculadores y a las mujeres emocionales e irracionales; pero somos nosotros los que gastamos nuestro dinero en alcohol y lujos, mientras ellas se aseguran de que todos los habitantes de la casa coman y se vistan lo mejor que puedan. No se trata de un tipo de alabanza a la mujer paraguaya, sino de mostrar que las familias no son lo que se dice, ni lo que se idealiza, sino lo que son: lo que las dinámicas económicas, sociales y culturales construyen, con avances y retrocesos.

Para concluir, cabe volver a lo filosófico y cerrar la reflexión inicial: ¿por qué los que se autodenominan profamilia excluyen otros modelos de familia que existen –quizás– con mucha más regularidad de la que las estadísticas demuestran? ¿Cuál es la intención de establecer un modelo duro y excluyente, que considere a los otros como equivocados e inaccesibles? Por un lado, cabría pensar en lo que dijo Saramago en su obra maestra El evangelio según Jesucristo: “la religión se trata del arrepentimiento”. El tener que vivir arrepentido, en la ignominia y con la carga del fracaso, impide que pensemos en otras cosas, como serían las transformaciones económicas y sociales ya mencionadas.

Un individuo en ignominia crece, en principio, transmitiéndola. Dicha transmisión niega las proyecciones de disfrute de la familia que uno tiene, que puede ser cualquiera de las tantas que existen. La negación de ese desarrollo, confrontar el problema del ser y la familia, es algo que trasciende al capitalismo. Y que hace rato trascendió a lo que los profamilia realmente defienden: su propia visión del mundo.

Escrito por
Periódico hecho por estudiantes de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Asunción.

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